Consecuencias del terrorismo de Estado -01/11/200/Efectos psicosociales del terrorismo de estado en la segunda generación
El objetivo del trabajo es compartir algunos aspectos de la experiencia clínica con jóvenes, hijos de afectados por la dictadura militar uruguaya (1973 – 1985), grupo al que llamamos de “segunda generación”. A partir de las consultas y tratamientos psicoterapéuticos realizados en el Servicio de Rehabilitación Social (SE.R.SOC), durante la última década.
Los efectos psicosociales y los daños causados varían de acuerdo a las distintas situaciones traumáticas vividas, ya sea de prisión, exilio o desaparición forzada.
En los hijos de presos, algunos aparecen como destinatarios directos de la violencia sufrida en forma pasiva por parte de sus padres.
Las secuelas psicológicas en los hijos de exiliados hablan de un quiebre en la continuidad existencial de múltiples pérdidas, que afectaron sus aspectos identitarios.
En los hijos de desaparecidos los efectos fueron aún más devastadores. Si tenemos en cuenta lo difícil que resulta elaborar un duelo, podemos entender la significación psíquica cuando este proceso se ve obstaculizado.
Queremos destacar aquellas características que son comunes en estos jóvenes: escasa participación en organizaciones políticas y sociales, fragilidad psíquica, sobreadaptación, agresividad o violencia.
Por último, planteamos una interrogante que surgió en nuestra experiencia: ¿Cómo es posible que la mayoría de estos jóvenes, habiendo sido partícipes de situaciones traumáticas tan intensas y avasallantes en la primera infancia, no presenten hoy perturbaciones psicopatológicas severas?
Quisiéramos compartir nuestra experiencia clínica desarrollada en el Servicio de Rehabilitación social (SERSOC) con hijos de quienes fueran directamente afectados por la última dictadura, grupo que llamamos la “segunda generación”. Nos referimos a jóvenes que ahora tiene entre 20 y 30 años, quienes sufrieron en forma tan masiva la violencia del Terrorismo de Estado en el transcurso de su primera infancia, que aún hoy, no dejamos de sorprendernos ante a magnitud y perdurabilidad de sus efectos traumáticos.
La dictadura se propuso aniquilar al militante, desintegrar a sus familiares y dejar una “enseñanza” en la sociedad, implantando el terror y desmoronando las utopías. Luego la impunidad pretendió olvidar los delitos y el horror vivido. Sin embargo, como expresa R. Kaës: “... nada puede ser abolido que no aparezca, algunas generaciones después como enigma, como impensado, es decir, incluso como signo de lo que no pudo ser transmitido en el orden simbólico.”
Cuando los jóvenes consultan, aunque nuestra Institución les evoca su condición de “hijos de...” algunos intentan desconectarse de ese pasado como si no les perteneciera, lo que da cuenta de la fuerza que han tenido determinados imperativos ideológicos en la subjetividad: “borrón y cuenta nueva”. Otros buscan ayuda cuando el olvido ya no se puede sostener, para poder hablar, recordar, reconstruir su historia y mantener viva la memoria.
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Algunos se acercan cuando los aspectos no simbolizados de las experiencias traumáticas emergen a través de afectos desbordantes, que se traducen en: depresiones, crisis de pánico, fobias, acting, trastornos alimentarios, adicciones, somatizaciones, episodios delirantes.
Otros se sienten afectados por su sentimiento de tristeza profunda, falta de sentido a sus vidas, sentimientos de vacío, como si llevaran una carga mortífera.
Esta generación podría constituirse en una especie de “eslabón” en la cadena de transmisión generacional del horror. Käes haciendo referencia a Freud en Tótem y Tabú, señala: “Nada de lo que haya sido retenido podrá permanecer completamente inaccesible a la generación que sigue o a la ulterior. Habrá huellas, al menos en síntomas, que continuarán ligando a las generaciones entre sí, en un sufrimiento del cual les seguirá siendo desconocida la apuesta que la sostiene”.
Hemos constatado ciertos efectos psicosociales comunes a esta población, que aunque se presentan en otros jóvenes, en ella adquieren un sentido distinto:
Desinterés por lo político, la militancia quedó asociada con el sufrimiento. Aunque algunos pocos reproducen el modelo militante de sus padres.
Desconfianza y descreimiento. Nacieron y crecieron en un contexto de terrorismo y con una expectativa de justicia que aún no se concretó.
Dificultades identitarias. El mecanismo de idealización de los padres persistió, dejando poco lugar para la confrontación necesaria para el crecimiento. Una joven dice: “... te alegra que valoren a tu padre, pero llega un momento en que vos sos nadie, sólo la hija de...”.
Fragilidad psíquica. Vulnerabilidad. Si observamos el contexto en el que nacieron, encontramos familias en situación de peligro, con dificultades para investir libidinalmente al niño en forma adecuada, generándose vivencias de abandono y desamparo.
Sobre adaptación y auto exigencia. Algunos asumieron tempranamente roles adultos. Fueron creciendo sin grandes crisis. “Había tantos problemas en mi familia, que yo no podía darle más motivos de angustia”. Sentían que debían satisfacer los deseos de los demás y continuar los proyectos personales inconclusos de sus padres.
Carga de agresividad y violencia. Algunos intentan controlar un fuerte monto de agresividad, que se manifiesta contra sí mismos y /o en los vínculos más profundos. Por otra parte, hemos observado consecuencias que varían de acuerdo a las diferentes situaciones vividas: desaparición, exilio o prisión.
Algunos efectos en los hijos de detenidos-desaparecidos.
La siniestra experiencia de la desaparición de los padres, generó efectos diferentes, de acuerdo a cómo el grupo familiar pudo transitar y/o sostener el vacío. Posteriormente, la impunidad, se convirtió en una amenaza para la posibilidad de simbolización y elaboración. Käes plantea: “La necesidad de mantener la obra de cultura y de civilización, para garantizar las condiciones metapsíquicas de la vida psíquica.. el castigo cierra el paso a la venganza...”.
Algunas familias, al participar en Madres y Familiares de Detenidos-Desaparecidos o en Hijos, intentaron procesar el propio duelo, labor que también cumplió una función en el cuerpo social de reparación simbólica al exigir que el Estado se hiciera cargo de su responsabilidad.
Otras, han intentado apartar los efectos dolorosos, silenciando esta parte de su historia, renegándola, clavándola. Esta situación fue vivida de forma más traumática.
La idealización, mecanismo presente en todo duelo, se acentúa y perdura en el familiar de desaparecido.
El hijo/a vive a su padre/madre como héroe. Una joven, cuyo padre desapareció en sus primeros meses de vida, manifestaba su deseo de tener algo hecho por él, para exhibirlo y rendirle homenaje.
El hijo/a necesita reconstruir al progenitor, acercarse a su mundo, re-armar su historia, a veces establecen pareja o amistad con los hijos de sus compañeros.
Necesitan información sobre ese período histórico nacional e internacional, para comprender cómo fue que ellos llegaron a dar su vida.
La palabra desaparecido remite a una idea impensable, que desafía uno de los principios fundantes de la existencia. Aún faltan datos que den respuesta a las preguntas: ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Quiénes?
Un joven relata que a diecisiete años de la desaparición de su padre, apareció su documento de identidad, que alguien tiró por debajo de la puerta. Esto reactivó la fantasía de que su padre estuviera vivo. En palabras de Puget y Käes: “...El punto de certeza no existe, falta el orden jurídico y social (...) se constituye en la mente un objeto desaparecido, sus características corresponden a las de un objeto fuera del tiempo y del espacio (...) su representación en la mente es la de un objeto fantasma”...
Algunos efectos en los hijos de exiliados
Para los niños que nacieron y/o vivieron en el exterior, la venida a Uruguay significó un quiebre en la continuidad existencial, desarraigo, pérdidas y dolor.
Vivir en un país significa habitar un lugar, catectizar ese espacio con su gente, su clima, sus costumbres, sus lugares de pertenencia.
Ello implica una serie de proyecciones del yo sobre el ambiente.
Tener que dejarlo es decatectizarlo para investir nuevamente.
Aún muchos sienten que el otro país los habita, si se radican en Uruguay creen que pierden oportunidades en el país que dejaron y a veces vuelven. Observamos dificultades para “echar raíces” y generar proyectos estables. “Al final decidí mudarme a Suecia, no sé por cuánto tiempo voy, sé que voy a volver, pero no sé cuándo”.
Presentan gran ductilidad ante las situaciones de cambio, lo que antes vivieron pasivamente, ahora lo actúan con aparente anestesia afectiva. La acumulación de experiencias de pérdida les ha generado dificultades para mantener vínculos afectivos intensos. Otras veces destacan narcisísticamente su condición de extranjeros.
Es habitual que algunos miembros de su familia vivan en el país que dejaron, lo cual alimenta la ilusión de seguir perteneciendo a ambos mundos y no ayuda al joven en el proceso de arraigo y construcción reproyectos, a lo que hoy se suma un futuro incierto en un Uruguay que expulsa a sus jóvenes.
Algunos efectos en los hijos de los presos
Ciertas conflictivas expresan una imagen de sí mismos: por un lado grandiosa y por otro muy desvalorizada. Imagen que nos lleva a pensar en las identificaciones con el padre-madre pres/a: por un lado idealizado (líder, militante, luchador) y por otro, la imagen que el niño percibía en las “visitas” (sufriente, humillado, frágil).
Esta situación polarizada se reproducía en el ámbito social: algunos le decían “Tenés que sentirte orgulloso” y otros “Tu padre es un sedicioso”.
Una joven relata: “Cuando nos íbamos, de atrás del alambrado veíamos la fila india, mi padre pelado, solo, con las manos atrás. Era horrible, sentía una soledad que aún sigo sintiendo”.
Luego de la liberación se produce un primer desencuentro entre el progenitor real y el construido en la fantasía del hijo y el hijo real y el construido por su padre/madre. Ambos intentan reconocerse y recuperar el tiempo perdido/robado; hay reclamos y desilusiones mutuas.
En ocasiones el hijo siente que él no cumple con los deseos de sus padres. En otras, los padres no pueden cumplir su función. “Cuando llega mi madre se rompe la armonía familiar”.
La ausencia, en ocasiones, había fortalecido ciertas alianzas (madre-hijo, abuela-nieto, tía-sobrino) que en ese momento se sintieron amenazadas.
Quien llega es alguien que pasó por la experiencia de la tortura, la incomunicación y el aislamiento, a quien se le intentó debilitar su condición de sujeto. En algunos casos, los hijos fueron receptores de la violencia sufrida pasivamente por los padres, o de la rigidez internalizada del modelo carcelario: reglas, horarios, austeridad.
En otros, se observa dificultad para poner límites a los hijos, por temor a perder el control y tener conductas autoritarias.
Encontramos con frecuencia en los hijos/as un cuerpo cargado de dolor, con escasas vivencias placenteras, discordante con la edad. Nos preguntamos si algunos síntomas no estarían expresando el daño infligido por la tortura a sus padres, que no pudo ser metabolizado a nivel psíquico ni a nivel social.
Como una especie de pasaje en bruto, de aquellas formaciones psíquicas de padres a hijos, sin la posibilidad de simbolización ni transformación.
Algunas reflexiones
Si pensamos en las experiencias tan devastadoras para el psiquismo vividas por estos jóvenes en la primera infancia, nos ha llamado la atención que hoy encontremos un porcentaje bajo de perturbaciones severas.
Nos preguntamos: ¿qué procesos posibilitaron y apuntalaron la formación del Yo?
Desde la teoría de Winnicott, sabemos que la psicosis se puede producir por una falla en la provisión ambiental en la etapa de dependencia absoluta del individuo.
¿Qué variables se pusieron en juego para atenuar los efectos de esa falla?
Observamos diversos factores que operaron como soporte psíquico.
Hubo progenitores que lograron establecer un lazo afectivo sólido que pudo atemperar los avatares de la violencia y el terror.
Otros, contaron con familiares o un grupo social continente, donde alguien ocupó las funciones materna-paterna y al mismo tiempo preservó el vínculo con los progenitores.
Es importante considerar que estos niños no tuvieron a sus padres en los primeros años de su vida porque fueron separados, arrancados de ellos.
El “abandono” (cárcel, desaparición, exilio) no fue elegido por sus padres, fue responsabilidad de un tercero, el Estado.
Estos padres creyeron que era posible construir un mundo más justo y digno para habitar y dejarle como herencia a sus hijos. Tenían una tarea trascendente para la sociedad. Esta opción de los padres generó sentimientos ambivalentes: aunque implicaba sufrimiento albergaba admiración. Eran padres “especiales”, con atributos positivos, valorados y reconocidos, lo que pensamos, ofició como una suerte de suministro narcisista.
En los procesos terapéuticos hemos visto como los valores de sus padres (solidaridad, justicia, igualdad, lealtad, honestidad) se transforman en un legado que es recogido por la segunda generación con orgullo. Es frecuente que entre las opciones vocacionales elijan aquellas orientadas a las áreas humanísticas, sociales y la docencia.
Con este trabajo y con nuestra práctica profesional, no sólo pretendemos contribuir a los procesos de reparación de los daños, sino también, aportar a la memoria y al reclamo de justicia y reparación social que, estamos convencidas, debe realizarse desde el Estado.
Publicado en Taringa por la usuaria xyzmarian a quien agradezco la información.
"Lo transcribí yo misma. No se encuentra en la Web. Originalmente Publicado en: VI Jornadas de Psicología Universitaria: “La Psicología en la Realidad actual”. Páginas 300 a 304. Montevideo, 3, 4 y 5 de abril de 2003; Facultad de Psicología.
Autoras: Psic. María Celia Robaina, Psic. María E. Mangado, Psic. Stella Büsch"
(fuente)